Especial

Lilac Wine, de Jeff Buckley

Que 20 años no es nada, dicen.

Y una mierda. Porque es terrible la idea de pensar qué habría sucedido en estas dos décadas entre la publicación de Grace y este momento. Nos fuimos de vacaciones en plena onomástica, y por eso recupero hoy a Jeff Buckley. Hoy tendría 47 años.

Os contaré un cuento terrible del que ya nos habló Silvia. Este joven atractivo, etéreo, sensible, que derretía y moldeaba el alma con su garganta, una tarde de música y amistad entró en el agua y apareció muerto. Entró en el agua vestido, como si se hubiera arrojado a un juego de juventud o a una suerte terrible y decididamente suicida, mientras tarareaba una canción. Cinco días después apareció muerto, digo, y desnudo, como si alguien hubiera decidido borrarlo del mapa. No maldito, pues no se daba a las drogas o al alcohol como otros que corrieron su misma suerte. Su muerte, nuestra maldición, sigue siendo un misterio.

Pero yo no quería hablar hoy de su sonada rendición al Hallelujah de Leonard Cohen en la versión definitiva, no. Vengo a hablar de otra canción que parece escrita por él, para él. Un himno de los depresivos como yo. Imaginen un amor, por ejemplo, que duele al terminar. Para olvidar, nos damos a la bebida, eso es, al licor lila, y a medida que avanza la canción el recuerdo de ese amor se distorsiona, la pena se torna gozo. Y es tristísimo. La canción, compuesta por James Shelton en 1950, ha sido tradicionalmente interpretada por mujeres. Así, Jeff decidió adaptar la versión de Nina Simone y hacerla suya, y hacernos suyos, y pasar a la Historia.

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